El “efecto Alfonsín”
Por Javier Garin (escritor y abogado. Autor del “Manual Popular de Derechos Humanos”. Vicepresidente del Foro Nacional de Derechos Humanos y Acción Humanitaria. Formador de promotores populares de DDHH.)
La muerte de Alfonsín produjo algunos milagros. Por tres días, los noticieros suspendieron la incesante repetición de crímenes y reportajes truculentos con que acostumbran a aterrorizar al público. Las susanas y los tinellis callaron en sus pedidos de mano dura. No se oyeron las usuales voces de odio y discriminación clamando por venganza, pena de muerte y justicia por mano propia. Casi no se habló del campo. ¡Qué milagro! Por tres días el cariño popular hacia Alfonsín obligó a los medios –siempre atentos al rating- a ocuparse de cosas tan poco sanguinarias como “su legado”, “sus convicciones”, “sus principios”. Y asociados al nombre de Alfonsín se oyeron, en cambio, palabras saludables y valores positivos: “democracia”, “libertad”, “justicia”, “paz” y, por supuesto, “derechos humanos”.
Durante tres días pareció que los argentinos éramos una sociedad civilizada, que cree en esos valores, y nadie se atrevió a repetir frases tales como “los derechos humanos son estupideces”, o “termínenla con los derechos humanos”, o “hay que matarlos a todos” . Por el contrario, se consideró que el hecho de haber sido Alfonsín un militante de derechos humanos, un “abogado de la libertad” –como lo definió José Sarney, ex presidente de Brasil- era algo importante, valioso, y digno de ser destacado entre las cosas que constituyen “su legado”.
Al repetir sus discursos, la televisión mostró una y otra vez los pasajes en que Alfonsín recitaba el Preámbulo de la Constitución, “a manera de un sermón laico”, como él mismo decía. Las generosas palabras de los Constituyentes de 1853 volvieron a sonar como en aquella campaña de 1983: como una promesa esperanzada, el compromiso de constituir una sociedad justa, libre, pacífica y respetuosa de los derechos y las libertades.
Alfonsín bien sabía que era esa la deuda urgente en nuestra Patria, donde sólo excepcionalmente se habían observado los derechos que nuestra Constitución consagraba para todos. Tras la dictadura más cruel y oprobiosa, aquellas palabras del preámbulo constituían para los argentinos de 1983, -y en especial para quienes entonces éramos jóvenes, crecidos bajo la opresión sofocante del terrorismo de Estado-, una luminosa e irresistible evocación.
Alfonsín comenzó a cumplir esa promesa al instaurar una era de paz cerrando los conflictos con los países vecinos y sentando las bases del Mercosur; al sostener las libertades individuales a rajatabla; al levantar la censura y no reprimir las huelgas; y sobre todo, al canalizar, mediante la Conadep y el Juicio a las Juntas, la búsqueda de Verdad y Justicia por los crímenes horrorosos de la dictadura. Quizás pocos recuerden hoy cuánto impactaron estos dos últimos hechos en la conciencia colectiva. Puestos al desnudo los mecanismos perversos del terror, y demostrados en juicio gracias a la valentía de los testigos, ya nadie pudo negar honestamente la realidad del plan infernal montado por la dictadura. Ya nadie pudo decir que eran “simples excesos” en la represión” ni repetir el consabido latiguillo del “algo habrán hecho”. Fue la debacle moral y política del autoritarismo en Argentina.
La realidad pocas veces se asemeja a los sueños. Luego de conquistar un lugar de máximo honor en la Historia gracias a su decisión de enjuiciar a los genocidas, Alfonsín nos decepcionaría demoledoramente con las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, gravísimas concesiones que debilitaron su gobierno hasta dejarlo convertido en una sombra. Aunque todavía sea imposible perdonarle aquellas claudicaciones, el juicio imparcial no puede hoy dejar de reconocer la firme decisión del Presidente que envió presos a los cabecillas del terrorismo de Estado, como nunca se había hecho antes en el mundo.
Entre los milagros producidos por la muerte de Alfonsín, pudimos ver el repentino e hipócrita sentimentalismo de sepelio exhibido precisamente por aquellos sectores que lo odiaron y combatieron sin tregua. La derecha argentina, cómplice de las dictaduras, usufructuaria de todos los privilegios, enemiga furiosa de Alfonsín –como hoy lo es de los Kirchner-, la misma derecha que intentó derrocarlo cuando era presidente, disimuló su odio y fingió que lo respetaba y aún admiraba. Creerán que el pueblo no tiene memoria...
Tampoco faltaron quienes pretendían llevar agua para su molino con sutiles reflexiones acerca de la propensión de Alfonsín al “diálogo”, al “consenso”. Detrás de esas alusiones se quería condenar indirectamente, por contraste, al actual gobierno, acusado de intolerante y no dialoguista, definido mediante una palabreja inventada por los denostadores del presente:”crispación”. Frente a la “crispación” –nos dicen- homenajeemos al Alfonsín del “consenso”. Con consenso quieren significar bajarse los pantalones ante el status quo.
¡Qué gran mentira! Alfonsín era un hombre de consenso, pero no de bajarse los pantalones. Mal lo recuerdan quienes creen honrarlo con esas tergiversaciones. Combativo, aguerrido y frontal, permanecen en la memoria colectiva innumerables escenas en que el pueblo lo vio haciéndoles frente con dureza a sus enemigos furiosos. Puede que haya cometido gravísimos errores, pero era un formidable luchador.
Queda en pie, para la posteridad, la imagen de un hombre que ayudó a restablecer las libertades y los derechos que hoy nos parecen naturales pero que fueron, en realidad, penosas conquistas de nuestro pueblo. Esas libertades y derechos tan denostados en el presente por quienes dicen que “sólo sirven para defender a los delincuentes”, por quienes pretenden hacernos creer que debemos renunciar a ellos en aras de la tan cacareada “seguridad”, como si fueran contradictorios, como si pudiera haber seguridad cuando no hay respeto a los derechos. No. Las libertades y los derechos, lejos de ser obstáculos para la seguridad, son su condición indispensable. Baste pensar, efectivamente, en lo que pasó en el país cuando las libertades y los derechos no se respetaron.
Entre muchos errores, Alfonsín tuvo un gran acierto. Fue el de recordarnos a los argentinos que los derechos humanos, que la libertad, sirven para algo. Sirven para que la aventura de vivir valga la pena. Ese es su legado más perdurable.
viernes, 3 de abril de 2009
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